Siempre me pasaba igual, un día malo venía acompañado de un plato de pasta al mediodía y/o de alguna ración generosa de chocolate. Para mí era un alivio momentáneo en el que degustaba con auténtico placer la comida tan suculenta que me esperaba en el plato. Era eso, "momentáneo", un efecto paliativo que duraba poco puesto que los problemas o circunstancias seguían estando ahí inmóviles después de ingerir ese plato de pasta "quitapenas".
En mi caso, comer un buen plato de pasta bien condimentado equivalía a una dosis de calma instantánea pero perecedera en cuanto diera el último bocado.
Recuerdo aquellos momentos en los que mi mente estaba ligada a mi estómago. Pero, tras aprender a comer gracias a mi educadora nutricional, me pregunto: ¿qué relación hay entre la comida y los problemas a los que nos enfrentamos cada día? Pues nada. Los problemas no se solucionan comiendo nuestra comida favorita, en mi caso, ¡pasta! La única solución es mirarlos de frente y poner todos los medios para minimizarlos o eliminaros si es posible.
Para mi sorpresa, tras estas semanas de aprendizaje (ya llevo 8) mis menús han sido de lo más variados y equilibrados: pescado, carne, guisos...Puedo decir que mi mente no es mi estómago. Hay que separar las circunstancias negativas de nuestra alimentación.
P.D: El tiempo pasa volando ya llevo 8 semanas, me noto más ligera y más sana. Este verano voy a perder peso (antes siempre engordaba) pero ahora con los menús equilibrados y aprendiendo a comer ¡es imposible coger kilos!

No hay comentarios:
Publicar un comentario